Tenía los ojos hinchados. Continuaba sorbiendo el agüilla que le caía desde la nariz a la boca. Y tenía los labios quemados por las lágrimas. Llevaba tres días llorando. Sin parar. Sin descanso. No hablaba con nadie, y nadie sabía qué le ocurría. No comía. Su madre le dejaba bandejas en la puerta de la habitación a la hora del almuerzo y de la cena, pero Alba no las recogía. Sólo había salido de su habitación en un par de ocasiones, aprovechando que sus padres no estaban en casa, para ir a la cocina a por una botella de litro y medio de agua muy fría. El verano ya había llegado, y hacía un calor sofocante. El instituto ya era historia. Hace una semana se presentó a la selectividad y ahora estaba esperando las notas para ver si podía entrar en la carrera que eligió hace mucho tiempo. Alba acaba de cumplir los 18.
Su perro, Cúper, que tiene 6 años, no se separaba del quicio de la puerta de su amita, esperando que la abriera y le hiciera alguna carantoña de esas que tanto le gustaban. Pero Alba seguía sin aparecer. Sólo se escuchaban los quejidos. Y Cúper gemía al escuchar los sollozos de Alba. Pero sólo ella sabía lo que estaba sintiendo. Aunque su madre podía intuirlo. Y es que el amor puede llegar a ser igual o más amargo que odio... por eso, muchos dicen que sólo un paso los separa.
‘Peke’, así la apodaban sus familiares y amigos. Era alta, ni muy delgada ni rellenita, con curvas. Tenía los ojos azules, herencia de su padre, un hombre que aunque llevaba 20 años en España, era italiano. El pelo, largo, oscuro, liso, lo había adquirido de Sara, su madre. Las manos eran finas. Y siempre llevaba las uñas pintadas de algún color. Tenía el culito respingón, también herencia de Sara. Unos dientes perfectos y una sonrisa encantadora, aunque hacía días que no la mostraba. Pero con su sonrisa, conseguía siempre todo lo que quería. Su padre, Andrea, siempre le advertía: “con esta sonrisa me cautivó tu madre”.
Su perro, Cúper, que tiene 6 años, no se separaba del quicio de la puerta de su amita, esperando que la abriera y le hiciera alguna carantoña de esas que tanto le gustaban. Pero Alba seguía sin aparecer. Sólo se escuchaban los quejidos. Y Cúper gemía al escuchar los sollozos de Alba. Pero sólo ella sabía lo que estaba sintiendo. Aunque su madre podía intuirlo. Y es que el amor puede llegar a ser igual o más amargo que odio... por eso, muchos dicen que sólo un paso los separa.
‘Peke’, así la apodaban sus familiares y amigos. Era alta, ni muy delgada ni rellenita, con curvas. Tenía los ojos azules, herencia de su padre, un hombre que aunque llevaba 20 años en España, era italiano. El pelo, largo, oscuro, liso, lo había adquirido de Sara, su madre. Las manos eran finas. Y siempre llevaba las uñas pintadas de algún color. Tenía el culito respingón, también herencia de Sara. Unos dientes perfectos y una sonrisa encantadora, aunque hacía días que no la mostraba. Pero con su sonrisa, conseguía siempre todo lo que quería. Su padre, Andrea, siempre le advertía: “con esta sonrisa me cautivó tu madre”.
Alba era una joven buena, estudiosa, obediente y muy cariñosa. Lo último que hacía antes de irse a la cama era dar un beso de buenas noches a sus padres y a Lucas, su hermano pequeño. Y cuando ya estaba en la cama, siempre se oía desde el salón a lo lejos una vocecilla que decía: “mamá, vigílame”. Y es que cuando era bien pequeña, Alba había visto en un episodio de su seria favorita que uno de los protagonistas se levantaba sonámbulo en mitad de la noche y se marchaba a dar un paseo solo por la ciudad, sin acordarse de nada después. Alba no quería que le pasara lo mismo. Tenía miedo de caer por la ventana o de salir de casa y luego no encontrar el camino de vuelta. (CONTINUARÁ)

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